Fecha Donación

2003

Testimonio de una madre que quiso donar los órganos de su hijo y no tuvo la oportunidad.

Ha pasado 1 año y siete meses desde que mi hijo Guillermo partió en su última aventura sin retorno.

Esa mañana nada me hizo pensar que nunca más lo volvería a ver con vida. Se despidió, como todos los domingos para ir con sus amigos a recorrer cerros en su moto, su deporte favorito. Siendo un excelente deportista, nadie hubiera pensado que a los 40 años él iba a morir de lo que llaman muerte súbita. Lo único que comentó con sus amigos fue que se sentía cansado y minutos después estaba caído sobre la tierra ya sin vida. Solo gracias al equipo de rescate de bomberos se logró bajar su cuerpo.

Nadie tuvo que decirme que mi hijo ya no estaba vivo, sólo me bastó mirarle la cara a mi hija para saberlo. En ese momento yo sólo quería verlo para saber si había sufrido, pero cuando vi su cara tan llena de paz y casi sonriendo, me tranquilicé.

Hasta hoy no puedo conformarme de no haber podido donar sus órganos. De los trasplantes sólo había oído comentarios lejanos, en mi casa nunca se tocó ese tema.
Hoy tendría la felicidad de saber que aunque fuera un pedacito de su cuerpo estaría viviendo en otra persona. Mucha gente me dice que por algo suceden las cosas, tal vez sea cierto, porque a mi hijo no le hubiera gustado donar ninguno de sus órganos, quizás porque era muy aprensivo y hubiera tenido miedo. Yo sé que hoy, el hubiera entendido y aceptado mi decisión.

Muchas veces pienso en cuantas familias tienen a diario la oportunidad que yo no tuve y no donan los órganos de sus seres queridos.

Yo sé que debe ser muy fuerte y duro que en medio de tu pena, te pidan que regales parte de tu hijo, pero en ese momento deben pensar que están regalando vida, que es lo más grande que se puede dar en este mundo. Esa gente al negarse, no sabe lo mucho que puede arrepentirse cuando ya nada se puede hacer.

Ana María Reyes Finlay

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