Bondad y Generosidad
En Diciembre de 1997, Andrés viajó a La Serena por un fin de semana, con antiguos amigos de trabajo. Una noche fueron a cenar, pero al regreso él tomó un taxi de Coquimbo a La Serena, el que fue chocado por otro auto, fue un golpe leve sin mayores consecuencias. Andrés se bajó para ayudar a correr el auto hacia la berma, en ese momento venía un automovilista bajo la influencia del alcohol y a exceso de velocidad atropellándolo. El resultado del accidente fue que Andrés quedó en coma con graves daños neurológicos y fracturas expuestas en ambas piernas.
Quien iba a pensar lo que sucedería, se fue tan contento a disfrutar un weekend diferente, iba lleno de vida y tres días después regresaba a Santiago en un avión privado conectado a un ventilador mecánico con cero posibilidad de vivir, siendo trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos de la Clínica Las Condes, donde se hicieron todos los esfuerzos por salvarle la vida, pero su estado era demasiado grave, falleciendo al día siguiente.
Yo su madre, era una de esas personas que nunca hubiera dado mi consentimiento para que uno de los míos donara órganos. La ignorancia, junto con un gran sentido de pertenencia fueron los factores determinantes para tener esa actitud. El tema lo conversábamos a menudo en familia y Andrés siempre manifestó su deseo de donación.
Cuando nos comunicaron su muerte cerebral fue terrible, siempre tuve la esperanza que sucediera un milagro. Inmediatamente los médicos nos plantearon la donación, yo no podía creer lo que estaba escuchando ni menos entenderlo, me estaban diciendo que mi hijo había muerto y a la vez me lo estaban pidiendo para extraerle órganos que en ese momento yo consideraba solo le pertenecían a él. Es un momento tan duro, difícil, fuerte y en el cual hay que tomar una decisión rápida y así sin ningún convencimiento de mi parte donamos los riñones, corazón e hígado. A pesar del sufrimiento, tuve la entereza de respetar junto con mi hija, la decisión de Andrés y sobre todo cumplimos con su deseo dejándonos una gran enseñanza: bondad y generosidad. Aún así con esa pena tan grande que se siente al perder un hijo esa noche sentí una paz y tranquilidad enorme que no sé explicar.
Es significativo que él haya muerto justo una semana antes de Navidad, pienso que quiso regalar algo, y aunque nunca más estará físicamente junto a nosotros él vive a través de cuatro personas, y lo más importante es que hicimos felices a estas familias dándoles a ellos y sus seres queridos el mejor regalo de navidad que podrían haber recibido ese año: VIDA.
Recuerdo que Andrés era muy deportista y activo: "era un hombre que amaba la vida". Por eso sé que para mijo habría sido muy difícil quedar en silla de ruedas, o en estado vegetal. Reconozco que, aunque sigo con mucho dolor por su muerte no he perdido la fe, todo lo contrario me he acercado más a Dios lo que me ha dado fortaleza para seguir viviendo y por consiguiente con una paz muy grande porque siento que hice algo maravilloso por los demás.
Yo me pregunto: si él hubiese quedado con otro tipo de lesiones y hubiera tenido la oportunidad de vivir por medio de un trasplante, ¿qué habríamos sentido yo y mi hija al saber que, existiendo la posibilidad de una donación, alguien se oponía y por esa falta de solidaridad él hubiese muerto?
Han pasado seis años y medio desde que Andrés partió y hoy mi concepto en cuanto a la donación de órganos es completamente diferente y contrario a lo que yo pensaba antes. Creo que hay personas que en algún momento de su vida tienen la oportunidad de participar en esta obra maravillosa ya sea como donante o trasplantado, ya que nadie está ajeno a una desgracia como la que nosotros sufrimos.
A pesar del dolor que uno siente al perder un ser querido a la vez se siente una alegría por darle la posibilidad a otro ser humano para que siga viviendo y mejore su calidad de vida. No solo debemos estar dispuestos a recibir sino también a dar.
Este fue el aporte de Andrés Leighton Finlay, 31 años, 2 hijos (Felipe y Camila Leighton A.), un hombre joven, con ganas de vivir, lleno de amor no solo para su familia sino para toda la gente y a quien hoy todo aquel que lo conoció y/o compartió con él, lo recuerda como una bellísima persona, irremplazable, carismático, un amigo entrañable, un padre, hijo, hermano ejemplar y un ser excepcional.
Angélica Finlay C.
Alegría fue tu pasar y risas de virtud,
Nunca nadie te silenció,
Diste vida a tu partida,
Regresando en otros tu alegría,
Esfuerzo y motivación te mantienen aquí,
Siempre serás tú, mi amigo Andrés.
Alejandro Gingins T.
En este mes alusivo a los trasplantes, quiero sumarme a todas esas familias que en desgracia decidieron donar órganos de sus seres queridos.
En lo personal tambien decidí participar cuando mi querido hijo Andrés sufrió un accidente que lo dejó con muerte cerebral. Hoy sé que él vive en otras personas y eso me hace feliz apresar de la tristeza de haberlo perdido.
Pido a otras familias sumarse a esta campaña, ya que en su dolor sentirán el agradecimiento de Dios por haber salvado a otras personas que tienen el derecho a vivir.
Un padre que amó a su hijo
Carlos Leighton Diáz.