| El dolor: ¿une o desune? (amor y duelo) |
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Eugenia Weinstein La muerte o la enfermedad incurable de un hijo es la experiencia más dura y dolorosa que puede vivir un ser humano. Más allá del inmenso amor que sienten por ellos, los padres se sienten responsables de la protección de sus hijos, por lo que su pérdida o el daño irreversible a su integridad es vivido como un fracaso, la más devastadora de todas las catástrofes. Se produce una desorganización completa de la familia, generándose una escalada de daños, depresión y angustia. La tristeza, la culpa y la desesperación son difíciles de sobrellevar para todos, no sólo para los progenitores. La rabia muchas veces es uno de los sentimientos más arduos de tolerar. El sufrimiento es intenso, duradero y muy complejo. Y puede producir tensiones y conflictos severos en las parejas. Negarlo es esconder la realidad. Aunque aflija reconocerlo, el dolor no siempre une. Muchas veces, incluso contribuye a desunir. Las trabas que puede originar el duelo en la pareja son muchas. Las más frecuentes surgen de la dificultad para aceptar la forma como el cónyuge vive la pérdida. No sólo hombres y mujeres tienden a expresar el dolor de manera diferente, sino que también cada personalidad se manifiesta de una forma única. La gente callada sufre en silencio, los extrovertidos encuentran consuelo al hablar, algunos requieren mantenerse ocupados todo el día, otros escasamente tienen fuerzas para levantarse. Esto puede dar pie a interpretaciones, que de no conversarse a tiempo, generan graves resentimientos y malos entendidos. Por ejemplo, sentir al cónyuge frío o desapegado porque no llora o no habla del fallecido. O vivenciar su necesidad de parecer fuerte, como desinterés o excesiva rapidez en superar todo. O sentirse obligado a parecer optimista, sin espacio para llorar el propio dolor, porque el otro se ha echado a morir despreocupándose de la familia. La culpa es otra causa de conflictos. Son frecuentes los reproches continuos, el atribuirse responsabilidades mutuas, o la irritabilidad porque se pierde la paciencia sintiendo que el otro no hace verdaderos esfuerzos para volver a la vida. Pero culparse a sí mismo también puede jugar una mala pasada. Por ejemplo, creer que volver a sentir felicidad es una deslealtad con el hijo muerto o enfermo, o desesperarse por considerarse incapaz de consolar al cónyuge. Así mismo, puede ocurrir que la pareja no viva al mismo tiempo los momentos de mayor dolor o las recaídas, lo que contribuye a que se eviten el uno al otro en los momentos difíciles por intolerancia a más sufrimiento, o por defensa, cuando se siente que por fin se está en una buena etapa. Esta asincronía entre los ritmos de cada cual también se manifiesta con intensidad en las relaciones sexuales, volviéndose éstas otra importante fuente de tensión. Todo lo anterior redunda en un alejamiento de la pareja, donde cada cónyuge se siente solo, abandonado, ensimismado en su dolor, percibiendo al otro como incapaz de compartir el sufrimiento. Se observa una tendencia a la infidelidad ya sea por escapismo, por buscar consuelo, o para partir de nuevo. Si todas las situaciones humanas son contradictorias y generan sentimientos buenos y malos, ésta, por su naturaleza, genera aún más confusión, emociones extremas y desorganización. Es traumática y sorprende a los consortes aquejados por una fuerte depresión. Las más de las veces el cónyuge no será el principal soporte afectivo porque, con las escasas armas que tiene, apenas es capaz de lidiar con su propia congoja. Por lo tanto, el puro dolor librado a sí mismo no une. Es necesario transformarlo activamente en una experiencia de unión, lo que requiere de mucha voluntad, amor y paciencia. Pero vale la pena intentarlo. Para qué agregar más ruina al naufragio.
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