- Hablar con el fallecido como si estuviera vivo es una conducta habitual, pero que puede encubrir un duelo no resuelto.
- Aunque dolorosa, la pérdida de un ser querido puede transformarse en una oportunidad de crecimiento personal.
Acostumbrados a evitar el dolor, cuando corresponde enfrentarlo en la peor de sus formas, la muerte de un ser querido, muchos no saben cómo reaccionar. "En general, existe un gran desconocimiento sobre el proceso del duelo, lo que produce un gran desconcierto y suele llevar a errores en quienes lo viven como en su entorno", precisa el psicólogo Marco Antonio Campos, director de la Sociedad Chilena de Psicología y Psicoterapia Constructivista, entidad que junto con la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Central ha organizado para este miércoles el Seminario Internacional de Psicoterapia y Duelo (F: 334 7433).
Uno de los invitados es el sicólogo Robert Niemeyer, profesor de la U. de Memphis, en EE.UU., y uno de los pilares en el desarrollo del enfoque que la psicología constructivista tiene para abordar el duelo.
Fractura vital
Tradicionalmente, se plantea que el duelo es una serie sucesiva de etapas -shock, asimilación, rabia, tristeza y aceptación- que se viven tras una pérdida afectiva. Una sucesión de sentimientos que, de alguna manera, "rigidiza" la experiencia humana frente al dolor. "Una de las principales diferencias es reconocer la diversidad del dolor. La pregunta es cómo lo asumimos y damos un significado a la pérdida y al dolor en sí", dice Niemeyer."Existe una gran cantidad de pruebas que apoyan la visión de que la capacidad de encontrar sentido a las experiencias de pérdida predice una adaptación positiva al dolor".
Esta perspectiva surge en base a entender esa pérdida como una "fractura" en la continuidad narrativa de la historia que cada persona elabora de su vida. "Vamos construyendo nuestra identidad a partir de las situaciones que vivimos", agrega Campos. Por eso, cualquiera sea la naturaleza de la pérdida, ésta desafía todo un sistema de creencias personales en relación con el modo de concebir el mundo. Por ejemplo, la muerte de un hijo contradice todo lo que se esperaba de la vida y del rol como padres.
Los expertos precisan que lo importante es lograr reordenar este sistema de creencias para volver a darle un sentido de continuidad a la vida, de modo que esta experiencia, aunque dolorosa, se transforme en una oportunidad para el crecimiento personal. Por ejemplo, el haber estado a cargo de un enfermo pudo llevar a un acercamiento que no se habría producido de otro modo.
Si bien el duelo y las emociones que se viven tras una pérdida no constituyen en sí mismas una enfermedad, conviene pedir ayuda profesional cuando llevan al abuso de sustancias, a sentimientos de culpa más o menos intensos, a depresión y/o angustia, a pensamientos suicidas o a dificultades que impidan un buen desempeño en las actividades cotidianas.
El Mercurio - Vida y Salud- 02/05/06
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